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Hemos hablado hasta aquí únicamente de berberófonos y de berberofonía. El único elemento indiscutible que diferencia entre las poblaciones del Magreb es el estríctamente lingüístico. Cualquier otro rasgo discriminatorio es cuestionable, por mucho que se quiera subrayar las características específicas de la cultura bereber. No existen dos etnias demarcables, una árabe y otra bereber, en el norte de África. La población magrebí, berberófona o arabófona, es de origen bereber. Los berberófonos, identificables así por su práctica lingüística específica, son en la actualidad demográficamente minoritarios porque el Magreb ha conocido desde hace varios siglos un lento proceso de arabización lingüística vertiginosamente acelerado en los últimos decenios. Los magrebíes arabófonos de nuestros días son bereberes arabizados en fechas más o menos recientes. Este proceso ha culminado con la identificación de la arabofía con la cultura árabe, pero la originalidad de los caracteres generales de lo supuestamente árabe en el norte de África, tan evidentemente distinto de lo árabe oriental, estriba precisamente en su calidad bereber. Lo árabe en el Magreb tradicionalmente ha sufrido más la influencia de al-Ándalus que de oriente. Las aportaciones orientales son recientes y son el resultado de una voluntad política y a la influencia de los medios de comunicación.
Originalmente, el bereber y su cultura propia, cubría el conjunto del Magreb y el Sáhara, por lo que histórica y antropológicamente se puede afirmar, sin querer entrar en polémicas, que los magrebíes son bereberes. La asunción, por parte de los poderes establecidos, de la arabidad, haciendo de ello estandarte de la identidad nacional, es uno de los factores más importantes del nacimiento de la conciencia bereber entre quienes aún hablan esta antiquísima lengua, creando un conflicto desestabilizador al marginar una importante parte de la población que no ha seguido el proceso del resto. Los caracteres propios de la cultura bereber son los de comunidades tribales. Tradicionalmente, sedentarios o nómandas, agricultores o pastores, los bereberes, junto a las tribus que ya se habían arabizado por el contacto con focos culturales urbanos, compartían una misma sensibilidad y una misma cultura. El triunfo de las ciudades es el triunfo de lo asociado a lo árabe, y el desplazamiento y marginación de lo bereber más tiene que ver con la decadencia de los espacios rurales ante el prestigio de lo urbano que con el ejercico de una dominación que pretenda borrar las señas de identidad de los vencidos. La propuesta de los militantes bereberes más radicales, cuando hablan de la necesaria recuperación de la cultura bereber, a parte de la objetiva cuestión lingüística, es el intento por fundamentar en unos supuestos su opción por un modelo occidental de civilización, pues la cultura bereber más auténtica está lejos de sus aspiraciones al basarse en una sociedad rural y tribal que se desea superar. En cuanto a los elementos folklóricos, dependen más de su aceptación por el turismo y el interés que despiertan entre los etnólogos que de las intenciones de los berberistas enfrascados en luchas políticas. Lo bereber es más una bandera política y una excusa, en muchos casos, que un planteamiento objetivo y sincero. Efectivamente, se pretende homologar valores culturales bereberes a valores europeos para justificar un rechazo a lo árabe dominante. Pero hoy, y como resultado de los procesos históricos, ya no se puede negar la existencia en el Magreb de varias lenguas, de una cultura plural y por lo tanto de una identidad que escapa por completo al cerco de las ideologías oficiales. Esta identidad magrebí ha sido forjada por siglos de historia y es la capitalización de todos los aportes que han desembocado en lo que tal vez convendría llamar una cultura nacional del Magreb.
El reconocimiento de tal identidad plural presupondría un poder democrático, abierto y tolerante capaz de admitir la diversidad. Pero este no es el caso puesto que los sitemas políticos, obsesionados por la idea de que sólo una idea ya absoleta de unidad podría mantenerlos, defienden a capa y espada una cultura y una lengua oficiales, es decir, una identidad oficial y por tanto artificial y esencialemente discriminatoria. Para hacer posible esta situación, los gobiernos que se han sucedido desde las independencias formales han tenido que falsificar la historia, única manera de convencer e imponer su dominio. En este sentido, la historia reciente de Argelia en particular y de todo el Magreb en general, es una sucesión dramática de tentativas de desculturización y de despersonalización. Esto ha degenerado en extremismos que no auguran un futuro claro y estable para la región. Todo ello unido a la gravísima crisis económica, social y política, hace que la situación sea delicada y carente de expectativas a corto y medio plazo.
La explatación ideológica con el fin de fundamentar los Estados surgidos de las luchas de liberación en una arabidad ficticia y un Islam ficticio ha marginado la compleja realidad cultural de los pueblos que no pueden sentirse identificados con los discursos oficiales y buscan alternativas. En lo que nos concierne ahora, el problema bereber, que es el que plantea la cuestión de la identidad de los pueblos que habitan el Norte de África, es un tema, como ya hemos señalado, con una historia ambigua y compleja. El interés por lo bereber no casualmente aparece en las estrategias coloniales, que si bien paracticaron hacia él, como hacia todo lo indígena, un auténtico desprecio, no dudaron en hacer de él un motivo de enfrentamiento entre las poblaciones del Magreb creando un mito que les sirviera coyunturalmente. El antagonismo entre árabes y bereberes fue creado con tal fin y se apoyó interesadamente en referencias históricas. Los militantes berberistas más radicalizados que recogen en gran medida su material ideológico de las argumentaciones que se fabricaron entonces siguen insistiendo en el carácter fatal que tuvo para la región la invasión árabe.
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